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Ciencia y libertad

"En ninguna parte es la libertad más importante que allí donde nuestra ignorancia es mayor"

Ciencias
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Ciencia y democracia (IV)

 

 

Según el historiador de la medicina, Henry E. Sigerist (1938) aunque es imposible establecer una relación causal simple entre democracia y ciencia, y que la democracia, por sí misma, pueda preparar el terreno para que se desarrolle la ciencia, difícilmente puede ser una mera coincidencia que la ciencia haya florecido en periodos democráticos. Debe de existir, por lo tanto, algún tipo de relación funcional entre ambas prácticas, la de la ciencia y la de la libertad política.

La ciencia necesita medios económicos. La Royal Society, en sus primeras décadas, se vio obligada a aceptar como socios a personas sin conocimientos científicos simplemente porque eran acaudaladas y podían pagar, con sus aportaciones, los gastos de la Sociedad. Pero con el tiempo la necesidad de recursos económicos para el desarrollo científico resulta cada vez más imperiosa. El ejemplo más evidente en la actualidad es el de la construcción y puesta en funcionamiento de los grandes equipamientos para los que se necesita el esfuerzo conjunto de un buen número de países. Me refiero al LHC como infraestructura actual de mayor envergadura en Europa y, si nos vamos a un panorama internacional más amplio, la estación espacial internacional es un ejemplo excelente.

Pero incluso las actividades científicas más modestas requieren tiempo, dinero y perseverancia. Por ello, para que puedan desarrollarse, es necesario un cierto nivel económico. La riqueza puede provenir de la abundancia de recursos naturales, pero esos recursos no duran para siempre y en muchas ocasiones generan inestabilidad política y conflictos. Los recursos naturales abundantes también sirven para sostener en el poder a élites tiránicas. En ninguno de esos casos se dan las condiciones para un cultivo a largo plazo del conocimiento. Cuando la riqueza no proviene de recursos naturales, tiene su origen en la industria y el comercio, y ambos son, además, fuente de innovación tecnológica y financiera. Los países en los que se dan con mayor probabilidad las condiciones para el florecimiento de la actividad industrial y comercial suelen ser países democráticos. Por esa razón, los regímenes democráticos, sobre todo los que tienen una larga tradición, son países que cuentan, en términos generales, con más recursos económicos, y esos recursos, junto con la estabilidad política, son esenciales para que se pueda mantener esa actividad científica que –repito- requiere tiempo, dinero y perseverancia.

Por otro lado, la ciencia, si bien a largo plazo y de forma un tanto azarosa, acaba generando riqueza económica. De manera que esa riqueza retroalimenta el desarrollo científico mediante lo que en palabras del químico y director de Ikerbasque Fernando Cossío se puede considerar un “círculo virtuoso”. Es importante tener en cuenta que la relación entre progreso económico, ciencia y bienestar no se materializa en plazos cortos de tiempo; esa idea es fuente de graves malentendidos y puede acabar causando un grave perjuicio a la propia imagen de la ciencia y su credibilidad. Aunque estas relaciones no son fáciles de establecer, se puede aportar algún dato: según Timothy Ferris, la mayor parte del PIB de los Estados Unidos proviene de la ciencia la tecnología y la invención, y cerca de la mitad de las 100 compañías más grandes del mundo obtienen sus ganancias de la ciencia y la tecnología.

La ciencia también necesita formación, el capital humano con que cuenta una sociedad. Según el sociólogo Robert K. Merton hay datos suficientes para pensar que la creatividad científica se beneficia de la abundancia de oportunidades de que disfrutan las personas en las sociedades democráticas. En este punto entra en juego la educación. El nexo causal entre los elementos a considerar aquí es indirecto, pero, a mi juicio, evidente y de gran importancia. Veámoslo.

La ciencia, para progresar de forma vigorosa, necesita que haya muchas personas que se formen en ese campo, de manera que de entre todas ellas, puedan ser seleccionadas para desempeñar esa actividad las más capaces, las de mayor creatividad y entusiasmo por el descubrimiento. Sólo así podrá conformarse una élite científica suficientemente nutrida. Pues bien, para ello se necesita un sistema educativo que dé oportunidades de formación a todas las personas. Sólo ofreciendo esas oportunidades formativas con carácter universal podrán ser reclutados científicos de nivel excelente. Pero resulta que esas oportunidades de formación tienen otra consecuencia –llamémosla colateral- muy importante, que consiste en que el nivel educativo de la gente es más alto en esas sociedades que en aquellas en que las oportunidades de formación son menores. Y si tenemos en cuenta que la formación es la clave para contar con una ciudadanía crítica, fácilmente se concluye que la misma formación que genera la base necesaria para contar con una buena cantera de personal científico producirá, a su vez, una ciudadanía preparada y crítica, que exigirá a sus autoridades transparencia, democracia y buen gobierno.

Aparte de los factores que actúan como condicionantes, ciencia y democracia mantienen relaciones de otra índole, más relacionadas con identidad de valores o con las conexiones funcionales entre una y la otra. En ese sentido, Dick Taverne sostiene que el conocimiento científico tiene carácter tentativo similar al de las decisiones políticas en una sociedad democrática. En ciencia, algunas hipótesis son reforzadas tan reiteradamente por la evidencia, que se acaban convirtiendo, a efectos prácticos, en hechos establecidos. Pero la ciencia exige el examen crítico y el contraste de cada nueva hipótesis, por lo que muchas hipótesis acaban siendo sustituidas con el tiempo. Es similar a la forma en que evoluciona la democracia: tres de sus elementos esenciales son la libertad de crítica, la tolerancia con los diferentes puntos de vista y una disposición favorable al compromiso. Las certezas dogmáticas no tienen lugar en ella.

Esa idea coincide, en lo esencial, con la caracterización que hace Karl Popper. Según éste, todas las políticas -decisiones administrativas y ejecutivas de los gobiernos- conllevan predicciones empíricas acerca de lo que ocurrirá al implantarlas, y algunas de ellas, en ocasiones, se demuestran erróneas; en esos casos hay que modificar esas decisiones. Así pues, una política es una hipótesis que debe ser testada frente a la realidad y corregida a la luz de la experiencia, de manera que solo gracias al examen crítico de los resultados pueden identificarse los errores y ser corregidos. Las instituciones autoritarias, al negar la posibilidad de la crítica, tanto antes como después de que se adopten las políticas, hacen que se prolonguen durante más tiempo los efectos perniciosos de las políticas erróneas. Se podría hablar, por lo tanto de una cierta identidad o, al menos, similitud de ethos entre ciencia y democracia.

En una línea similar, Lyman Miller defiende la idea de que el ethos científico es inherentemente antiautoritario. Dado que la comunidad científica opera de acuerdo con normas antiautoritarias de debate libre, la ciencia prospera en entornos que toleran el pluralismo y el disenso. También Carl Sagan sostiene que la ciencia prospera con el libre intercambio de ideas, y ciertamente lo requiere; por esa razón, sus valores son antitéticos al secreto. La ciencia no posee posiciones ventajosas o privilegios especiales. Tanto la ciencia como la democracia han de alentar opiniones poco convencionales y un vivo debate, y exigir raciocinio, argumentos coherentes, y niveles rigurosos de prueba y honestidad. Y porque la libertad es esencial para la ciencia, uno de sus grandes mandamientos es: “Desconfía de los argumentos que proceden de la autoridad.” La historia muestra que demasiados argumentos procedentes de la autoridad han resultado ser dolorosamente erróneos. Las autoridades deben demostrar sus opiniones como todos los demás. Por todo ello, la independencia de la ciencia, su reluctancia ocasional a aceptar la sabiduría convencional, la hace peligrosa para doctrinas menos autocríticas o con pretensiones de certidumbre.

Por último, Timothy Ferris incide en un aspecto paradójico, como es que la democracia no está erigida sobre las esperanzas de la perfección humana sino, precisamente, sobre todo lo contrario, sobre el reconocimiento de su falibilidad. Y en eso también se parece mucho a la ciencia. La ciencia no ofrece certezas; es, de hecho, una de sus debilidades, pero esa incapacidad para proporcionar seguridades es, a la vez, la base de su enorme potencial. Para concluir esta anotación, merece la pena hacerlo con unas palabras que Ferris toma de Friedrich Hayek para resaltar la importancia que tiene para el desarrollo de la ciencia disfrutar de un entorno de libertad:

“Todas las instituciones de la libertad son adaptaciones al hecho fundamental de la ignorancia; en ninguna parte es la libertad más importante que allí donde nuestra ignorancia es mayor: en los límites del conocimiento; en otras palabras, donde nadie puede predecir qué hay un paso más adelante.”

Bibliografía consultada

Timothy Ferris (2010): The Science of Liberty: Democracy, Reason, and the Laws of Nature Harper

Bryan Magee (1974): Popper Woburn Press

Robert K Merton (1973): The Sociology of Science: Theoretical and Empirical Investigations The University of Chicago Press

H. Lyman Miller (1996): Science and dissent in post-Mao China University of Washington Press

Carl Sagan (1995): The Demon-haunted World Random House

Juan José Sebreli (2007): El olvido de la razón Debate

Henry E. Sigerist (1938): Science and democracyScience and Society 2 (3):291 – 299

Dick Taverne (2005): The March of Unreason. Science, Democracy and the New Fundamentalism Oxford University Press

 

Sobre el autor: Juan Ignacio Pérez (@Uhandrea) es catedrático de Fisiología y coordinador de la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Publicada originalmente en Cuaderno de Cultura Científica, el autor expone sus reflexiones con el propósito de poner de manifiesto la fuerte vinculación existente entre la ciencia y la democracia.

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